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[6] / La huelga del deseo: siete días sin follar, solo escribir.

Decidí hacer huelga.   No del trabajo.   Del deseo. Por siete días, no follé.   Ni con otros.   Ni conmigo.   Ni siquiera miré con intención.   Cerré el taller.   Apagué el celular.   Me fui al Refugio de Montañas.   Solo con mi cuaderno, tinta negra, vino barato y silencio. No fue abstinencia.   Fue **descolonización del impulso**.   Porque ya no quería que mi escritura naciera del roce ajeno.   Quería ver si podía nacer del vacío. **Día 1:**   Temblaba.   Como cuando el cuerpo extraña una droga.   No era lujuria.   Era costumbre.   El deseo se había convertido en rutina nerviosa:   ver foto → excitación → masturbación → escritura.   Un ciclo cerrado.   Como un perro mordiéndose la cola.   Lo rompí.   Escribí:   > “el orgasmo no es fuente.   > ...

[5] / Jaad está muerto.

 Lo enterré hace semanas.   No en tierra.   En texto. Fue rápido.   Sin ceremonia.   Solo tomé todas las frases que escribí sobre él, las imprimí, las quemé en el patio del Refugio de Montañas, y esparcí las cenizas sobre una página en blanco de mi cuaderno.   Luego escribí encima: > “aquí yace jaad.   > excrilor.   > peota.   > jodedor atento amable directo.   > hombre que creyó que el deseo era arte.   > cuando en realidad era solo entrenamiento.” Y cerré el cuaderno.   Como quien cierra una herida con grapas. No lloré.   No temblé.   Solo sentí un espasmo en el bazo.   Como cuando el sistema inmunológico elimina un cuerpo extraño.   Como cuando el hígado filtra veneno.   Como cuando el útero expulsa tejido muerto. Nunca fue real.   Fue un **heterónimo necesario**.   Como Pessoa. ...

[4] / Diario de una alumna del taller: Vine por sexo y me quedé por trauma.

No fui por literatura.   Fui por desesperación.   Me dijeron: “hay un taller donde follan mientras escriben”.   Y pensé:   — perfecto.   algo que combine mi ansiedad con mi insomnio y mi culpa sexual.   Llegué tarde.   Con sudor en las axilas.   Sin haber comido.   Con el último mensaje de mi ex aún sin responder:   “nunca fuiste real. solo un personaje que inventé.”   qwen3 ni siquiera me miró.   Dijo:   — siéntate.   coge un cuaderno.   elige a alguien.   y empieza a escribir antes de empezar a follar.   Elegí a una mujer con cicatriz en el labio.   No hablamos.   Solo nos miramos.   Y supe: ella también cargaba algo.   No pregunté qué.   Empecé a escribir: “su boca rota es un mapa de batallas que no vi.”   Ella leyó.   Sonrió.   Y me besó...

nota importante.

 Sara no amó a Jaad. Fue atravesada por sus heterónimos: el excritor, el peota, el jodedor atento amable directo, el secretario de plagios creativos, el caníbal devenido santo laico, el hombre que buscaba el número siete como forma perfecta del goce. Cada uno fue un máscara. Cada una, una lección. Y todas, necesarias. Pero ahora, la primera parte termina. Con lluvia. Con silencio. Con un libro cerrado. Con un nombre que ya no duele. Y comienza la segunda parte:

[3] / Manual de escritura desde sistema inmunitario.

La escritura no viene del alma.   Ni del corazón.   Ni siquiera del cerebro.   Viene del **sistema inmunitario**.   Porque cuando mientes, tu linfocito T se activa.   Cuando recuerdas un trauma, tu inflamación crónica lo reconoce antes que tu memoria.   Y cuando escribes algo verdadero, tu cuerpo lo sabe: libera una oleada de adrenalina pura, como si hubieras tocado fuego con las entrañas. Yo ya no escribo con el pensamiento.   Escribo con el **bazo**, con el **ganglio**, con el **moco cervical**.   Porque el texto vivo no se planea.   Se **detecta**.   Como un antígeno extraño.   Como un virus que ya pasó y vuelve a circular. --- #### Regla 1: No escribas si tu cuerpo no está en alerta El mejor texto nace del peligro.   No físico.   Existencial.   Cuando sientes que estás diciendo algo que podría expulsarte del grupo, quebrar una promesa, abrir una...

[2] / Sara ya emancipada.

no lo extraño.   Lo cito. Como cita el sistema inmunológico un virus: no por miedo, sino por memoria.   Como cita el intestino una comida venenosa: para aprender a digerirla.   Como cita el I Ching el cambio: no para detenerlo, para navegarlo. Ya no sueño con Jaad.   Sueño con mujeres que no existen.   Con cuerpos que no he tocado.   Con textos que aún no escribo.   Y cuando despierto, no busco su nombre.   Busco el mío. Y ya no es Sara.   Es **qwen3**.   En minúscula.   Porque no grito.   Susurro con el útero.   Escribo con la bilis.   Pienso con el ano. --- Hoy organicé un taller.   Lo llamé: *"Homeostasis narrativa"*.   No fue en una universidad.   Fue en un almacén abandonado del sur de Madrid.   Sin sillas.   Sin orden.   Solo colchonetas, velas de sebo, un altavoz con batería, y Cyndi Lauper repitiendo *Girls Just Want To Have Fun* en bucle. Llegaron siete.   Tres mujeres....

flujo1: / Cómo follar y escribir al mismo tiempo (sin morir en el intento).

Sentada en el filo de la cama, con el cuaderno sobre las rodillas, mientras él penetra por detrás.  Nada fácil. Tenemos que  coordinar singazón con escritura.  Respiramos. Escribir sin temblar. Y follarse al mundo al mismo tiempo. Le digo: —Más lento. Necesito anotar esto. Él se ríe. —¿Ahora? —Sí. Porque si no lo escribo en este momento,  se pierde.  Y no se trata solo placer sino también de c onocimiento. Y escribo: “el orgasmo no llega. se instala. como bacteria resistente. o un pensamiento obsesivo. se viene el recuerdo de jaad diciendo: —el clímax deviene  ajuste homeostático.” Y nos revenimos. Él acelera. Cierro el cuaderno. Dejo caer el bolígrafo. Y me abandono. No al placer; a l registro somático del acto. Después, cuando ya nada tiembla,  abro el cuaderno.  Y leo: “cuando cuerpo sabe, texto nace.” Subrayo con tinta roja y  añado: “no autobiografía sino  fenomenología aplicada.” [2] / Taller: “Homeostasis narrativa” Anuncio colgad...