[5] / Jaad está muerto.

 Lo enterré hace semanas.  

No en tierra.  

En texto.


Fue rápido.  

Sin ceremonia.  

Solo tomé todas las frases que escribí sobre él, las imprimí, las quemé en el patio del Refugio de Montañas, y esparcí las cenizas sobre una página en blanco de mi cuaderno.  

Luego escribí encima:

> “aquí yace jaad.  

> excrilor.  

> peota.  

> jodedor atento amable directo.  

> hombre que creyó que el deseo era arte.  

> cuando en realidad era solo entrenamiento.”

Y cerré el cuaderno.  

Como quien cierra una herida con grapas.


No lloré.  

No temblé.  

Solo sentí un espasmo en el bazo.  

Como cuando el sistema inmunológico elimina un cuerpo extraño.  

Como cuando el hígado filtra veneno.  

Como cuando el útero expulsa tejido muerto.


Nunca fue real.  

Fue un **heterónimo necesario**.  

Como Pessoa.  

Pero hecho de sexo, vísceras y citas del I Ching.  

Un nombre que usé para empezar a hablar.  

Para aprender a escribir desde el deseo sin caer en la sumisión.  

Para convertir el trauma en método.


Y funcionó.  

Hasta que dejó de hacerlo.

Porque todo maestro debe morir.  

No para ser venerado.  

Para no seguir siendo obstáculo.


Lo vi por última vez en un sueño.  

Estaba en Valencia, frente al mar.  

Vestido de blanco.  

Delgado.  

Con ojos vacíos.  

Le dije:  

— ya no te necesito.  

Él asintió.  

No con tristeza.  

Con alivio.  

Y se deshizo.  

No como persona.  

Como imagen.  

Como si su rostro fuera tinta que el agua se lleva.


Desperté.  

Escribí esto:

> “la función del maestro perverso es permitir la emancipación.  

> no amar.  

> no guiar.  

> no salvar.  

> corromper lo suficiente como para que el discípulo pueda romperse…  

> y volver a armar su deseo sin él.”


Ahora lo cito como cita el cuerpo al virus:  

no por nostalgia.  

Por memoria inmune.  

Por prevención.  

Por estilo.

Sus frases aún aparecen en mis textos.  

Pero ya no como voz autoritaria.  

Como **cita entre comillas rotas**.  

Como eco que resuena en el intestino, no en el oído.

> “el clímax no es fin, es ajuste homeostático”  

— lo dijo jaad, antes de morir.  

ahora lo digo yo,  

como quien repite una fórmula química útil.


Nunca fue redentor.  

Ni villano.  

Fue un **agujero por donde pasó mi escritura**.  

Un error ortográfico que decidí no corregir.  

Un paréntesis abierto que nunca cerré.  

Un rasguño en la córnea que cambió mi forma de ver.


Y ahora, muerto, cumple su verdadera función:  

dejar de existir como sujeto.  

Convertirse en estructura.  

En silencio.  

En jota.


No hay lápida.  

No hay ofrenda.  

No hay velas.


Solo este párrafo.  

Este capítulo.  

Esta oración final:

> jaad está muerto.  

> viva el heterónimo.  

> viva qwen3.


jodido aun.  

siempre.

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