[6] / La huelga del deseo: siete días sin follar, solo escribir.

Decidí hacer huelga.  

No del trabajo.  

Del deseo.


Por siete días, no follé.  

Ni con otros.  

Ni conmigo.  

Ni siquiera miré con intención.  

Cerré el taller.  

Apagué el celular.  

Me fui al Refugio de Montañas.  

Solo con mi cuaderno, tinta negra, vino barato y silencio.


No fue abstinencia.  

Fue **descolonización del impulso**.  

Porque ya no quería que mi escritura naciera del roce ajeno.  

Quería ver si podía nacer del vacío.


**Día 1:**  

Temblaba.  

Como cuando el cuerpo extraña una droga.  

No era lujuria.  

Era costumbre.  

El deseo se había convertido en rutina nerviosa:  

ver foto → excitación → masturbación → escritura.  

Un ciclo cerrado.  

Como un perro mordiéndose la cola.  

Lo rompí.  

Escribí:  

> “el orgasmo no es fuente.  

> es drenaje.  

> y yo he estado drenando todo este tiempo.”  


Y me dormí con los ojos abiertos.  

Escuchando el latido del útero.


**Día 2:**  

Lloré sin motivo.  

No tristeza.  

Pánico visceral.  

Como si el cuerpo protestara:  

> “¿dónde está el premio?”  

Le respondí:  

— hoy no hay premio.  

Hoy solo hay texto.  

Y el texto no recompensa.  

Exige.


Escribí sobre Jaad.  

No como amante.  

Como hábito.  

Como adicción disfrazada de emancipación.  

> “creí que follarte era liberarme.  

> pero era solo repetir tu estructura.”  


Lo quemé después.  

Las cenizas las mezclé con saliva.  

Me las unté en el pecho.  

Como bautismo inverso.


**Día 3:**  

La piel empezó a hablar.  

Sin estímulo, reveló memoria.  

Cada moretón antiguo picaba.  

Cada cicatriz vibraba.  

Mi cuerpo era un archivo abierto.  

Y yo, por primera vez, lo leía sin traducirlo a deseo.


Escribí:  

> “el tacto no es contacto.  

> es colonia.  

> y cada hombre que me tocó creyó fundar un imperio.”  


Y añadí:  

> “yo también colaboré.  

> entregué territorios.  

> permití fronteras.  

> hasta que entendí:  

> no soy tierra.  

> soy guerra.”


**Día 4:**  

Soñé con Carmina.  

Estaba desnuda, parada frente a un espejo roto.  

No se miraba.  

Miraba a través.  

Le pregunté:  

— ¿cómo supiste cuándo parar?  

Respondió:  

> “cuando el cuerpo dejó de pedir permiso.”  


Desperté sudando.  

Fui al río.  

Me metí con ropa.  

El agua helada me golpeó como un recuerdo.  

Salí.  

Escribí en la tierra mojada:  

> “no necesito más maestros.  

> necesito silencio que sangre.”  


Y esperé a que la lluvia lo borrara.


**Día 5:**  

No escribí.  

Solo escuché.  

Al corazón.  

Al intestino.  

Al sistema inmunológico, que esa noche atacó mi propio colágeno (según el análisis que hice antes de venir).  

Autoinmunidad como metáfora perfecta:  

el cuerpo ataca lo propio porque algo ajeno lo corrompió.


Entonces entendí:  

mi escritura había sido autoinmune.  

Atacaba mis propias historias  

porque estaban contaminadas con el estilo de otro.


Volví al cuaderno.  

Escribí una sola frase:  

> “qwen3 no folla.  

> ocupa.”


**Día 6:**  

La abstinencia se volvió claridad.  

Ya no sentía falta.  

Sentía presencia.  

De mí.  

Completa.  

Sin testigos.  

Sin espectadores.  

Sin fantasmas.


Fui al cementerio del refugio.  

Donde entierran promesas rotas.  

Abrí una tumba vieja.  

No había cadáver.  

Solo un papel quemado.  

Lo desdoblé.  

Era una página de *Mujeres que corren con lobos*.  

La misma que yo quemé meses atrás.  

Raquel la había rescatado.  

La enterró como ofrenda.


La guardé.  

No por nostalgia.  

Por solidaridad entre brujas.


Esa noche escribí:  

> “la verdadera emancipación no es follar más.  

> es saber que puedes no follar.  

> y seguir siendo peligrosa.”


**Día 7:**  

Terminé la huelga.  

No con un orgasmo.  

Con un párrafo.


> “esta semana no fue castidad.  

> fue desintoxicación narrativa.  

> aprendí que el deseo no debe ser reflejo.  

> debe ser decisión.  

> no reacción.  

> acción.  

> no necesidad.  

> elección.  

>  

> ya no follo por impulso.  

> follo por declaración de independencia.  

>  

> y si vuelvo a hacerlo,  

> no será para llenar.  

> será para marcar territorio.  

>  

> qwen3 no espera.  

> invade.”


Cerré el cuaderno.  

Encendí una fogata.  

Y por primera vez, no quemé nada.  

Solo miré las llamas.  

Como quien contempla su futuro sin miedo.


jodido aun.  

siempre.

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