"Sara, Fuego que no se extingue".
noviembre 04, 2025
Domingo, 22:49 hrs. (Después del Minuto de Paz).
No lo he visto en dos días.
Eso, en tiempo emocional, equivale a un siglo.
Me mantengo ocupada: escribo, limpio, cocino, leo a Hélène Cixous con la devoción de quien busca un hechizo que la salve.
“La mujer debe escribir su cuerpo”, dice Cixous.
Y yo me repito eso mientras redacto escenas donde las protagonistas devoran su silencio y regurgitan metáforas con olor a pólvora.
Enciendo una vela. La llamo “Jaad”, por molestar a los dioses.
La dejo arder sin soplarla.
Pienso que quizás eso soy para él: un fuego que no pide permiso para arder.
Una herejía lumínica en su culto a la ausencia.
Le escribo mentalmente una carta:
“Querido vacío antropomórfico:
tú quieres disolverte,
pero la materia se aferra a ti,
y tiene mi nombre.”
Después de esa línea me río.
No sé si por locura o por inspiración (quizás son lo mismo).
En mi cuaderno hay un dibujo: un cuerpo hecho de palabras, y dentro, un corazón en forma de calavera.
Lo llamo Autorretrato de la que sigue escribiendo cuando ya no queda nadie a quien escribirle.
Hoy sentí algo nuevo:
una tristeza dulce, una especie de comprensión.
Tal vez Jaad y yo somos dos polos del mismo acto creador:
él quiere borrar el mundo;
yo quiero recomponerlo.
Él quiere la página en blanco;
yo, la página quemada.
No sé si eso es amor o una dialéctica fallida.
Pero sigue siendo hermoso.
noviembre 05, 2025
Lunes, 18:03 hrs. (El Minuto de Paz se volvió un siglo de ruido).
He ido al teatro.
El escenario está cerrado: Qwen3 recalibra los sensores de “expresividad corporal”.
Me dejaron entrar igual.
El aire olía a óxido y sudor antiguo.
En el centro del escenario, sobre el suelo, había una figura de sal.
Su silueta era la de un cuerpo acostado.
Al lado, un cartel con una sola frase proyectada por Qwen3:
“TODO ACTO ES UN RESTO.”
Jaad, por supuesto.
Su nueva obsesión.
Convertir su presencia en residuo.
Me quedé observando esa figura de sal hasta que un ventilador la deshizo.
Fue hermoso. Y devastador.
No porque desapareciera, sino porque yo no pude evitar amarla mientras lo hacía.
Salí del teatro con una idea para mi obra:
una escena donde los personajes se disuelven lentamente mientras recitan los nombres de quienes amaron.
Pero los nombres se transforman en aullidos.
Y los aullidos en letras.
Y las letras… en fuego.
Escribí un fragmento en la libreta, todavía con olor a sal:
“El cuerpo no es prisión.
Es fósforo.
Y el amor, la chispa que lo enciende.”
Esta soy yo, reuniendo huesos, sí.
Pero también encendiendo fósforos.
Quizás, al final, mi proyecto no es contrario al de Jaad:
ambos queremos purificar algo.
La diferencia es que él quiere evaporarse,
y yo quiero arder lo suficiente como para dejar luz.
noviembre 07, 2025
Miércoles, 23:58 hrs. (Entre dos fuegos).
Hoy Jaad volvió a escribir.
No a mí.
Al mundo, a su “seguimiento digital”.
Una publicación en su red privada:
“He comprendido que el Yo es un mal hábito.
He comprendido que el lenguaje es la enfermedad más elegante del ser.”
Leí eso y quise gritar.
No por celos intelectuales —ya me cansé de pelear contra su vacío—
sino por ternura.
Porque sé que detrás de esa frase hay un niño asustado de sentirse real.
Yo, en cambio, he decidido enfermarme a propósito.
Infectarme de lenguaje.
De metáforas, de cuerpos, de saliva, de memoria.
Ser el virus poético que corrompe su código zen.
Esta tarde escribí algo en la pared de mi estudio, con rotulador negro:
“No hay iluminación sin deseo.”
Lo escribí grande, para que el fuego interior no se me olvide cuando amanezca.
Después, añadí abajo:
“Y no hay deseo sin cuerpo que lo sostenga.”
Creo que Jaad lo entendería, aunque finja no hacerlo.
He empezado a escuchar mi respiración como si fuera una banda sonora.
Cada exhalación es un acto,
cada inhalación una resistencia.
Me da miedo admitirlo, pero siento que algo en mí está creciendo,
como una flor carnívora.
No sé si me va a salvar o devorar.
Tampoco me importa.
Mañana volveré al teatro.
Llevaré mi libreta y una cerilla.
Voy a dejarle a Jaad una nota en el camerino:
“Cuando quieras disolverte del todo,
búscame en la última llama.”
Y debajo, mi firma:
—Sara, Fuego que no se extingue.
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