nota importante.
Sara no amó a Jaad. Fue atravesada por sus heterónimos: el excritor, el peota, el jodedor atento amable directo, el secretario de plagios creativos, el caníbal devenido santo laico, el hombre que buscaba el número siete como forma perfecta del goce. Cada uno fue un máscara. Cada una, una lección. Y todas, necesarias. Pero ahora, la primera parte termina. Con lluvia. Con silencio. Con un libro cerrado. Con un nombre que ya no duele. Y comienza la segunda parte: