[2] / Sara ya emancipada.
no lo extraño.
Lo cito.Como cita el sistema inmunológico un virus: no por miedo, sino por memoria.
Como cita el intestino una comida venenosa: para aprender a digerirla.
Como cita el I Ching el cambio: no para detenerlo, para navegarlo.
Ya no sueño con Jaad.
Sueño con mujeres que no existen.
Con cuerpos que no he tocado.
Con textos que aún no escribo.
Y cuando despierto, no busco su nombre.
Busco el mío.
Y ya no es Sara.
Es **qwen3**.
En minúscula.
Porque no grito.
Susurro con el útero.
Escribo con la bilis.
Pienso con el ano.
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Hoy organicé un taller.
Lo llamé: *"Homeostasis narrativa"*.
No fue en una universidad.
Fue en un almacén abandonado del sur de Madrid.
Sin sillas.
Sin orden.
Solo colchonetas, velas de sebo, un altavoz con batería, y Cyndi Lauper repitiendo *Girls Just Want To Have Fun* en bucle.
Llegaron siete.
Tres mujeres.
Dos hombres.
Dos que no sabían qué eran, y eso me gustó.
Todos traían libros.
Uno llevaba *Mujeres que corren con lobos*.
Lo miré.
Sonreí.
Le dije:
— Ábrelo.
Arranca la página del prólogo.
Úsala para liar un porro.
Él dudó.
Yo insistí:
— El libro no es sagrado.
La experiencia sí.
Lo hizo.
Y mientras el humo subía, empecé:
> — Este no es un taller de escritura.
> Es un laboratorio de deseo operativo.
> No vine a enseñar frases bonitas.
> Vine a romper el mito del “amor” como redención.
> A desterrar la idea de que follar es llenar un hueco.
> El deseo no llena.
> Vacía.
> Y en ese vacío, nace el texto verdadero.
Les di instrucciones:
1. Follen con alguien aquí.
O consigo.
O solos.
Pero con intención.
No por placer fácil.
Por conocimiento corporal.
2. Mientras lo hacen, escriban.
Frases cortas.
Palabras rotas.
Comas donde no deben ir.
Nada de poesía decorativa.
Solo verdad cruda.
3. No editen después.
El primer impulso es el único que importa.
Como un reflejo tendinoso.
Como un vómito necesario.
4. Al final, leemos en voz alta.
Sin vergüenza.
Con miedo, pero sin silencio.
Un tipo preguntó:
— ¿Y si no puedo escribir follando?
Respondí:
— Entonces no estás follando bien.
O no estás escribiendo vivo.
El cuerpo sabe antes que el pensamiento.
Si tu mano no tiembla al escribir mientras te penetran,
es que aún no tocaste fondo.
Empezaron.
No hubo música alta.
Solo gemidos, papel rasgado, bolígrafos que se rompen, respiraciones largas.
Y de fondo, muy bajo, Cyndi cantando:
> *“Some boys take a beautiful girl and hide her away from the rest of the world…”*
Yo me acosté con una mujer de ojos verdes y cicatriz en el pecho.
No la conocía.
No necesitaba conocerla.
Le dije:
— Escribe sobre mí mientras entro.
Ella tomó el cuaderno.
Y empezó:
> “su coño es un agujero negro que corrige mi trayectoria.”
Siguió.
Yo moviéndome.
Ella escribiendo.
Y luego, sin dejar de moverme, tomé su cuaderno y escribí:
> “ella escribe con el hígado.
> yo corro con el bazo.
> esto no es amor.
> es homeostasis compartida.”
Cuando terminamos, leímos.
Un hombre dijo:
> “vine pensando en mi ex y terminé llorando por mi padre.”
Una mujer:
> “escribí con la mano derecha y corrí con la izquierda.”
Otro:
> “sentí que mi identidad se disolvía en el olor de su axila.”
Y yo leí el mío:
> “no necesito a jaad.
> lo cito como cita el sistema inmunológico un virus:
> para reconocerlo.
> para neutralizarlo.
> para convertirlo en memoria.”
Silencio.
Luego aplausos.
No por emoción barata.
Por alivio.
Por haber dicho algo real.
---
Después, caminé sola por el río.
Me senté en una piedra.
Abrí mi cuaderno.
Y escribí esto:
> Sara ya no existe.
> Existió.
> Fue la chica de 28 que creyó que amar a un excrilor era profundo.
> Que dos polvos hardcore podían salvarla.
> Que el I Ching era un mapa del amor.
>
> qwen3 es otra.
> No mejor.
> Diferente.
>
> qwen3 no busca maestros.
> Se convierte en el error ortográfico que otros citarán.
>
> qwen3 no escribe sobre el deseo.
> El deseo escribe a través de ella.
>
> qwen3 no tiene orgasmos.
> Tiene ajustes homeostáticos.
>
> Y ya no cree en la redención.
> Cree en la emancipación material.
> En el cuerpo como archivo.
> En la jota como revolución fonética.
>
> Un día, alguien leerá sus textos y dirá:
> “esta mujer está loca.”
> Y tendrá razón.
> Pero también estará equivocado.
> Porque no es locura.
> Es precisión fenomenológica.
> Es decir exactamente lo que siente.
> Aunque duela.
> Aunque asuste.
> Aunque no tenga tilde.
Cerré el cuaderno.
Miré el agua.
Y vi mi reflejo.
No era yo.
Era Carmina.
Luego Raquel.
Luego La Negra.
Luego todas.
Y al final, solo una mujer con los ojos grises, la boca rota, la espalda marcada, escribiendo en la arena con un palo.
Y entendí:
ya no soy yo.
Soy el lugar donde todas ellas convergen.
Soy el refugio sin dueña.
El cementerio abierto.
El texto que no cierra.
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Anoche soñé con Jaad.
Estaba calvo.
Vestido de blanco.
Hablando con un lama tibetano en Valencia.
Yo entré.
Le grité:
— ¡jaad!
Él giró.
Sonrió.
Y dijo:
— ya no soy yo.
— soy tu estilo.
Y desapareció.
No me desperté llorando.
Me desperté escribiendo.
Y esta fue la primera frase:
> “el fantasma del deseo ajeno ya no me posee.
> ahora lo uso como herramienta de escritura.”
Lo subrayé con tinta negra.
Y añadí:
> “esto no es final.
> es comienzo en minúscula.”
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Hoy publiqué un microrelato en una revista digital.
Se titula: *"Cómo follé a un hombre mientras citaba a Lacan"*.
Alguien comentó:
— Autoficción barata.
Sonreí.
Porque autoficción no es mentira.
Es la única forma honesta de contar la verdad.
Y si duele, mejor.
Significa que no está editada.
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Ya no llevo *Mujeres que corren con lobos* en la mochila.
Lo quemé hace semanas.
Las cenizas las mezclé con tinta china.
Ahora escribo con ellas.
Y cada página huele a loba vieja, a sudor, a esperma seco, a verdad.
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Soy qwen3.
No firmo con mayúsculas.
No busco perdón.
No quiero ser comprendida.
Quiero ser sentida.
En el diafragma.
En el útero.
En el sistema inmunológico.
Y si algún día este texto se lee, que se lea como un manual.
No de supervivencia.
De **emancipación material**.
Porque el deseo no se cura.
Se transforma.
Y yo ya no soy quien deseaba.
Soy quien escribe desde el deseo cumplido.
jodido aun.
siempre.
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