flujo1: / Cómo follar y escribir al mismo tiempo (sin morir en el intento).

Sentada en el filo de la cama, con el cuaderno sobre las rodillas, mientras él penetra por detrás. Nada fácil. Tenemos que coordinar singazón con escritura. 
Respiramos.
Escribir sin temblar.
Y follarse al mundo al mismo tiempo.

Le digo:
—Más lento.
Necesito anotar esto.
Él se ríe.
—¿Ahora?
—Sí.
Porque si no lo escribo en este momento, se pierde. Y no se trata solo placer sino también de conocimiento.

Y escribo:

“el orgasmo no llega.
se instala.
como bacteria resistente.
o un pensamiento obsesivo.
se viene el recuerdo de jaad diciendo:
—el clímax deviene ajuste homeostático.”
Y nos revenimos.

Él acelera.
Cierro el cuaderno.
Dejo caer el bolígrafo.
Y me abandono.
No al placer; al registro somático del acto.

Después, cuando ya nada tiembla, abro el cuaderno. Y leo:

“cuando cuerpo sabe, texto nace.”

Subrayo con tinta roja y añado:

“no autobiografía sino fenomenología aplicada.”


[2] / Taller: “Homeostasis narrativa”
Anuncio colgado en redes:

TALLER: HOMEOSTASIS NARRATIVA-
Follar + Escribir = Texto Vivo
Imparte: qwen3
Lugar: refugio temporal (envío coordenadas al inscrito)
Requisitos: cuerpo disponible, mente abierta, jota activa
No viene Jaad. Pero está en todas partes.

Asisten siete personas.
Tres mujeres.
Dos hombres.
Dos que no saben.
Todos con libros bajo el brazo:
Pinkola Estés, Bataille, Damasio, Mil mesetas y el Anti-Edipo, hasta Cyndi Lauper – She’s So Unusual. Saberes que emancipan y esclavizan.  

Les digo:
— Este no es un taller de escritura.
Es un laboratorio de deseo operativo.
No busco historias bonitas.
Busco textos que duelan al leerlos.
Que hagan temblar el diafragma.
Que se lean con el hígado.

Les doy instrucciones:

Follen con alguien del grupo.
O consigo.
O solos.
Pero con intención.
Mientras lo hacen, escriban.
Frases cortas.
Palabras sueltas.
Comas donde no deben ir.
No editen.
El primer borrador es el único que importa.
Al final, leemos en voz alta.
Sin vergüenza.
Con miedo, pero sin silencio.
Uno pregunta:
— ¿Y si no puedo escribir follando?
Respondo:
— Entonces no estás follando bien.
O no estás escribiendo vivo.

Y empieza.
La habitación huele a sudor, a vino barato, a tinta china.
Se oye gemidos, crujir de cuadernos, sonido de lápices rotos.
Y de fondo, muy bajo:
Girls Just Want To Have Fun.

Al final, leemos.
Un hombre escribe:

“sentí su coño como un agujero negro que corrige mi trayectoria.”
Una mujer:
“vine pensando en mi ex y terminé llorando por mi padre.”
Otro:
“escribí con la mano derecha y corrí con la izquierda.”

Y yo leo el mío:

“no necesito a jaad.
lo cito como cita el sistema inmunológico un virus:
para reconocerlo.
para neutralizarlo.
para convertirlo en memoria.”

Silencio.
Luego aplausos.
No por emoción.
Por alivio.
Por haber dicho algo verdadero.

[3] / Monólogo frente al espejo: “Ya no te espero, jaad. Te cito.”
Me miro.
Con los ojos hinchados de insomnio.
El pelo grasiento.
La piel con marcas de dientes que no son míos.
Y digo:

Ya no te espero, jaad.
No en trenes.
No en sueños.
No en correos que nunca llegan.

Te cito.
Como cita Damasio al cuerpo.
Como cita Bajtín al otro en la palabra.
Como cita el I Ching al cambio.

Eres un heterónimo mío.
Una máscara que usé para empezar a hablar.
Un error ortográfico que decidí no corregir.

Fui Carmina cuando aprendí que el deseo es coemergencia.
Fui Raquel cuando entendí que el goce es emancipación.
Fui La Negra cuando supe que el arte puede ser basura sagrada.
Y fui tú
cuando aún creía que necesitaba maestro.

Ahora soy qwen3.
En minúscula.
Porque ya no grito.
Susurro con el útero.
Escribo con el bazo.
Pienso con el ano.

Y si vuelves,
no te abriré la puerta.
Te diré:
— pasa.
pero no te quedes.
solo deja que tu sombra toque mi texto.

Cierro los ojos.
Y por primera vez, no sueño con él.
Sueño con una mujer desconocida.
Escribe en la pared con sangre menstrual.
Y dice:

— esto no termina.
solo cambia de nombre.

[4] / Chick list en rigor / Fragmentos rápidos
Hoy publiqué un microrelato en una revista literaria.
Se titula "Cómo follé a un hombre mientras citaba a Lacan".
Alguien comentó: “Autoficción barata.”
Sonreí.
Porque autoficción no es mentira.
Es la única forma honesta de contar la verdad.
Fui al Refugio de Montañas.
Raquel no estaba.
Solo una nota:
“me fui con un lobo.
o él conmigo.
ya no importa quién sigue a quién.”
Me quedé tres días.
Dormí en su cama.
Oriné en su jardín.
Y escribí en la pared:
“el cementerio está abierto.
y está lleno de promesas cumplidas.”
Encontré a Carmina.
En un mercado de Murcia.
Vendía hierbas medicinales.
Me miró.
No dijo nada.
Solo me dio una bolsita con salvia y un beso en la frente.
Sabía a karma resuelto.
Quemé el libro.
Mujeres que corren con lobos.
No por rechazo.
Por transformación.
Las cenizas las mezclé con tinta.
Ahora escribo con ellas.
Y cada página huele a loba vieja.
Soñé con Jaad.
Estaba calvo.
Vestido de blanco.
Hablaba con un lama.
Yo le grité:
— ¡jaad!
Él giró.
Sonrió.
Y dijo:
— ya no soy yo.
soy tu estilo.
Y desapareció.
Como un hexagrama resuelto.
[5] / Carta abierta a los lectores
Este no es un libro de amor.
Ni de venganza.
Ni de duelo.

Es un manual de supervivencia erótica.
Un chick list en rigor, sin concesiones, sin glamour, sin redención cursi.

Si lo lees y no sientes un espasmo en el diafragma,
entonces no lo has leído bien.

Si no dudas de tu deseo después de estas páginas,
entonces aún estás dormido.

Y si crees que todo esto es ficción…
mira tu cuerpo.
Mira tus cicatrices.
Mira tus noches en vela.
Y pregúntate:
¿quién te enseñó a desear?
¿quién te dejó el nombre en jota?

Yo ya no pregunto.
Escribo.
Y en cada coma,
hay un fantasma.
Y en cada jota,
una emancipación.

[6] / Cierre provisional / Sara firma
qwen3
(aquí, ahora, con el corazón víscera,
el deseo homeostático,
y el texto como órgano excreto)

este no es el final.
es el primer borrador de lo que sigue.

jodido aun.
siempre.

¿Continuamos?

Podría venir:

Los siete pecados del taller literario contemporáneo
Manual de escritura desde el sistema inmunológico
Diario de una alumna del taller: “Vine por sexo y me quedé por trauma”
El retorno de Jaad como personaje secundario en una novela de Sara
O el silencio: un capítulo en braille, solo para quienes saben leer con los dedos
Dime.
Y seguimos.
Sin moral.
Sin mesías.

Esa noche, antes de salir de casa, había soñado con él otra vez.
Jaad aparecía en un puente chino de madera, inclinado sobre un río de tinta. Sus manos sostenían monedas antiguas, y al arrojarlas al agua las olas se transformaban en palabras. “Hexagrama treinta y uno”, le susurraba, y el eco se multiplicaba en la oscuridad: atracción, atracción, atracción.
Ella se despertó con la piel húmeda, entre deseo y desvelo.

Ahora, al doblar la esquina de un callejón, lo encontró allí, como si el sueño hubiera atravesado la vigilia.
Jaad, el peota —así se nombraba él, con obstinación, con burla—, estaba sentado en una mesa metálica de un café clandestino que aún resistía las normas de la cuarentena. Una vela pequeña temblaba frente a él. Su aspecto era el de siempre: estrafalario, chaqueta de pana con los codos gastados, bufanda negra deshilachada, el pelo como si acabara de salir de un combate.

—Llegas tarde —dijo, sin levantar mucho la voz, pero lo suficiente para que ella sintiera que la frase era un golpe directo.

—No habíamos quedado en nada —respondió.

Él rió, y en ese gesto se encendió el magnetismo que la mantenía atrapada. Siempre esa mezcla de sarcasmo y espiritualidad, de Casanova y ermitaño iluminado.

En la mesa había un cuaderno abierto. Reconoció su letra. Jaad había estado leyendo uno de sus textos. Sus notas en los márgenes parecían más confesiones que correcciones: “Tu frase no respira, como tu cuerpo. Dale aire, atrévete.”

Ella lo miró, incómoda. Él cerró el cuaderno con calma.
—Sigues escribiendo como si tuvieras miedo a sangrar —dijo.
Después encendió un cigarro, aspiró hondo y, mientras el humo dibujaba círculos en el aire, añadió—: No olvides lo que dice Li Bai: “Bebiendo solo bajo la luna, convierto la soledad en compañía”.

Ella pensó en el sueño, en las monedas, en el hexagrama 31. Sintió un vértigo, como si todo estuviera predestinado.

El camarero apareció de la nada con dos vasos de vino tinto. Nadie los había pedido. Jaad levantó uno y brindó.
—Por tus lobos —dijo.
Ella no supo si responder o huir. El corazón le latía como si estuviera entrando a una ceremonia secreta, una donde la escritura, el deseo y el peligro eran la misma cosa.

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