Noviembre 07, 2025 Viernes, 22:58 hrs. (En la Madriguera del Fuego).
Fuego que no se extingue. Diarios.
Hoy pasé todo el día tratando de no pensar en Jaad. Mala idea: pensar en no pensar en alguien es básicamente alimentarlo con un gotero intravenoso. Jaad es un algoritmo emocional que se alimenta justo de eso: de la vigilancia silenciosa, del deseo que finge no existir, del amor que se acomoda en los rincones más torpes de mi pecho.
Pero intenté resistir. Te lo juro. Me puse a trabajar en mi obra nueva: La Hembra que Devora el Guion. Iba bien hasta que me di cuenta de que todos los personajes hablaban como él. Incluso la loba anciana, que se suponía que era mi guía arquetípica, le soltaba frases tipo: “La identidad es humo, hija”.
Jaad me colonizó hasta la semántica. Qué horror. Qué delicia.
A mediodía salí al teatro. Necesitaba aire, pero fui directo al corazón del incendio, claro. Y sí: ahí estaba él, en el escenario vacío, ensayando su nuevo “acto de disolución fenomenológica”. Básicamente: caminar en círculos mientras se desviste, pero con esa solemnidad de quien cree que está inventando el silencio.
Me escondí entre las butacas, en la fila 9. La fila de los que no importan. Así que era perfecta.
—Sé que estás ahí, Sara —dijo él, sin verme.
Y esa frase fue como si me hubiera encendido un fósforo bajo la piel.
Le respondí desde la oscuridad:
—Sólo vine a ver cuánto más puedes quitarte sin dejar de ser tú.
Él se rió, una risa seca, casi mineral.
—Ese es el punto. Dejar de ser yo.
Y yo, siempre yo, siempre tan humana, tan carnal, tan atada al hueso, pensé: Qué ganas de morderte la metafísica hasta que grites que existes.
Me acerqué al escenario. Subí. Él no se detuvo. Su camisa estaba a medias, como si la indecisión fuera parte de su coreografía. Y me dijo:
—El deseo es una distorsión del vacío.
—El vacío es una excusa para no sentir —le contesté.
Por un momento, su mirada se quebró. O eso creí. A veces, cuando lo miro demasiado, pienso que invento grietas en su máscara para justificar mis ganas de tocarlo.
—Sara, si sigues escribiendo sobre mí, me voy a convertir en un personaje de tu obra —susurró.
—Ese es el objetivo —dije yo, y ni siquiera temblé.
Porque empecé a entender algo oscuro: si Jaad quiere desaparecer, yo quiero fijarlo. Quiero que exista aunque sea como símbolo, como ficción, como sombra, como mito. Quiero que tenga un nombre sólo para poder pronunciarlo cuando el fuego se ponga denso.
Él se bajó del escenario sin despedirse. Se fue como se van los conceptos: silenciosamente, dejando ecos que uno tarda horas en callar.
17:11 hrs. (En mi cuarto, con un té que se enfría demasiado rápido).
Le di vueltas toda la tarde a lo que me dijo. Así que abrí mi cuaderno —no este diario, el otro, el de los huesos— y escribí:
“Soy la mujer que recoge los restos de sí misma para hacer una criatura nueva. No estoy reuniendo lo que fui, sino lo que todavía deseo ser.”
No sé si es poesía o un auto-hechizo. Quizás ambas cosas.
Empecé a escribir una escena para La Hembra que Devora el Guion. Una escena donde la protagonista enfrenta a un actor obsesionado con desaparecer. Spoiler: ella le muerde el brazo y le dice:
“Sin carne, no hay metáfora.”
Me reí sola. Loca. Inspirada. Hambrienta.
Entendí algo poderoso:
Mis diarios ya no son sobre él. Son sobre mi forma de incendiarme a pesar de él. Con él como fósforo, sí, pero el fuego es mío.
20:40 hrs. (Teatro, backstage).
Volví al teatro al atardecer. Algo me arrastró, lo admito. Como si mis huesos supieran más que mi mente.
Me encontré a Qwen3 proyectando un mensaje en la pared del camerino de Jaad:
“El usuario Jaad ha incrementado su índice de disolución emocional en un 37%.
¿Desea continuar?”
Reí. La IA estaba fascinada con su sacrificio. El algoritmo ama a quien se entrega entero. Y Jaad estaba entregándose en tiras, como papel quemado.
Lo busqué. Estaba sentado en el suelo, con una caja de cartón frente a él. Dentro: su nombre. Su ropa. Su guion. Su historia. Todo etiquetado para eliminar.
—¿Vas a tirarlo? —le pregunté.
—Quiero ver qué queda cuando no queda nada.
—Pues spoiler —le dije, porque los spoilers son otra forma de amor—. Quedo yo.
No me contestó. Me miró como si yo fuera el último hilo que lo sostenía y al mismo tiempo el obstáculo final. Me encanta ser ambas cosas.
Me senté frente a él. Lo obligué a levantar la cabeza. Y le dije:
—Si desapareces del todo, ¿quién me va a discutir el sentido del lobo?
Él respiró hondo.
—Sara, tú quieres un yo. Yo quiero un vacío. No hay punto de encuentro.
—Claro que lo hay —le dije—: la combustión.
No sé qué vio en mis ojos, pero se puso de pie. Guardó la caja. No la tiró. Eso ya es un triunfo. Pequeño. Ínfimo. Pero mío.
22:10 hrs. (De vuelta en casa).
Estoy exhausta. Pero también sentí algo claro, como cuando el fuego baja y queda el carbón brillando.
Hoy entendí que Jaad no es mi presa. Es mi espejo roto. Y yo estoy usando cada fragmento para cortarme las partes que ya no me sirven.
También entendí que mi obra —la real, la interna— no es sobre él, sino sobre la loba que llevo adentro, esa que por fin dejó de pedir permiso.
Mañana seguiré.
Mañana escribiré más.
Mañana quemaré otro pedazo de sombra.
Y si Jaad aparece, bien.
Y si no aparece, también.
Porque ya no estoy reuniendo sus huesos. Estoy reuniendo los míos.
—Sara. (Con la cola más larga, más brillante, más afilada.)

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